Llegaba nuevamente tarde. Había olvidado por completo recoger los brotes
que le pidieron llevar. Se entretuvo contemplando el volar de unas tiernas aves
que recién estrenaban sus alas para surcar cielos y recorrer estrellas. Siempre
la habían acusado de distraída, pero estaba dispuesta a centrarse de una vez para
hacer las cosas bien.
De camino pasó por el río. Siempre pasaba por el río en ese sendero. Esta
vez estaba algo crecido, pues las lluvias de la tarde habían levantado algo las
aguas y esta vez el forcejeo de la corriente contra las rocas desprendía una
sonata salvaje que hizo inevitablemente desviar la atención de sus pasos.
Sabía que no podía quedarse mucho tiempo, pero una pequeña pausa no
estropearía su ya de por si maltratado itinerario. - ¿Hola niñas? Alcanzó a
decir a sus viejas amigas de juego. – Ya veo que están alegres hoy, ¿no es así?
Embriagadoras sonrisas les respondían a poca distancia. ¡Siempre tan
juguetonas! No podían evitar juntarse cerca de ella cada vez que pasaba, ya sea
con el pan del encargo, la leche tibia en sus tinajas o deslizándose furtivamente
para tener esos encuentros secretos entre los arbustos de más adelante. Lo que
más les gustaban eran sus rizos y esos hoyuelos en sus mejillas cuando sonreía,
por lo que cada vez que podían hacían tonterías con tal de desatar ese mar de
alegrías que brotaban de su risa inocente.
Unas le lanzaban pétalos de flores del árbol más cercano cuyas ramas más
cercas estaban del río. Otras empezaron coquetamente a chispear agua en su
rostro, invitándola a participar. - ¡No! (añadió al fin, luego de una larga
pausa) Esta vez tengo que llegar ya que me esperan más adelante. Pero de
regreso me quedaré un rato con ustedes ¿les parece?
Con sonrisas algo tristes la despidieron, pues nunca le gustaron que ella
fuera a esos encuentros. ¿Qué de malo tenía quedarse junto a ellas y jugar
entre las rocas, disfrutar del viento frío y ver nadar a los peces del río? Sin
embargo, sabían que lo hacían por su bien. Tenía que crecer, aprender de todo y
de todos para que más adelante poderles servir de mejor compañía y protección,
porque a pesar de tantos años ¿Qué sabían de la maldad del corazón humano?
Con pasos rápidos y respiración entrecortada, al fin llegaba al punto de
encuentro. Ya sus demás hermanas estaban prestas y listas para iniciar. -¿Lo
has traído? (dijo la mayor) Que bien. Empecemos que ya es la hora. De la bolsa
sacaron aquellas plantas cuyos nombres aún no lograba memorizar, un cuchillo
nuevo y una blanca tórtola. – Bien, empecemos entonces. Todas dentro del
círculo, ahora.
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