miércoles, 8 de julio de 2015

Error

“Sólo espero no haber dejado la luz de la sala principal encendida” fue el primer pensamiento que llegó a su mente en ese preciso instante. Con cierta gracia y sorpresa, regresó a su propio pensamiento como si rebobinara una cinta. “¿Por qué habré pensado eso?” Se dijo a sí mismo. Era gracioso, consideró, tener ese tipo de preocupaciones en un momento así.

Sin embargo, eso le llevó a reflexionar. Ciertamente, había tenido muchas cosas en su cabeza. Muchas preocupaciones, a decir verdad. Desde hace meses, todo eran preocupaciones: Trabajo, dinero, familia, relaciones, situaciones… había llegado un momento en que cualquier banalidad hacía peligrosamente rebosar sus propios límites. Ya la situación se estaba haciendo insostenible.

Por un lado, estaba su trabajo. Demasiada presión sobre sus hombros al tener que sostener y tratar de equilibrar un negocio que se venía en picada. Ya las importaciones no eran tan satisfactorias como antes. Mucho papeleo, mucho dinero y poca rentabilidad. Por otro lado, el mercado cambiante lo obligaba a tentar otras formas de negocio donde no se sentía a gusto.

Su hogar no marchaba nada bien. Problemas día y noche ya empezaba a agobiar. La tranquilidad la había perdido y conseguía consuelo cada noche al llegar.

“Cuando se pierde la espiritualidad, se pierdes las ganas de vivir”, llegó a concluir. Sin alguna motivación superior es imposible llevar los conflictos del día a día.

En ese instante, recordó su infancia. Sus primeros años, al menos los que llegaba a recordar no podrían catalogarse como malos. Es irónico, pero sólo llegaba a su memoria los momentos felices. Juegos en parques, cumpleaños, paseos con sus padres… Realmente en sus primeros años no tendría por qué quejarse.

Revolviendo más en su cajón de recuerdos, llegó a la adolescencia. La salida con amigos, su primer beso… ¡incluso la primera borrachera! Aunque fuese vergonzoso en su momento, años después lo veía con gracia.

Luego, el matrimonio, años más tarde los hijos: verlos nacer, crecer, jugar…. En esos momentos una terrible sensación de abatimiento le inundó. Los extrañaba. Se dio cuenta que los amaba y era lo mejor que le había pasado en la vida.

Sin embargo, recibía al viento en su rostro de forma intensa. Era agradable esa sensación. Sin embargo, cuando momentos antes lo veía como la última oportunidad de libertad, justo en ese instante no lo sentía como tal. Más que libertad lo único que le envolvía era el miedo. Un miedo profundo. Más que miedo, su mente, corazón y espíritu se llenó de un profundo terror. No tanto porque no sabía que venía a continuación, sino más bien el darse cuenta que se había equivocado. No era la salida…


Pero era demasiado tarde. Ya estaba a pocos metros del duro suelo. Nunca debió haber saltado de aquel puente. 

lunes, 6 de julio de 2015

Atrapado

Apenas logré sobrevivir al último ataque. Nuestros enemigos nos rodeaban, pues alguien desde adentro había filtrado nuestras posiciones, defensas y personal de guardia. Poco fue lo que logramos hacer para defendernos. Vi caer uno a uno a mis compañeros y amigos, por suerte logre escabullirme a través de una pequeña rendija en la pared abierta tras la última explosión.

Un estallido tras otro, veía volar trozos de pared y de personas por los aires, aquello fue una masacre. De nada sirvió las horas de planificación defensiva, ya que nos tomaron por sorpresa.

Como si fuera una rata, debí arrastrarme cientos de metros por tuberías y desagües hasta que al fin logré salir de la fortaleza. Mi primera vista del campo de batalla me aterró sobremanera: decenas de miles de tropas se abalanzaban sobre lo que horas antes había sido una posición impenetrable. ¡Ni los dioses habrían podido con nosotros! Sin embargo allí quedaba reducido por bestias infernales feroces, como una ola en una tempestad chocando contra el puerto, una tras otra, una tras otra, hasta que no quedara absolutamente nada.

Vi bestias enormes, seres deformes y máquinas demoledoras avanzar sin ninguna prisa, pero con paso decidido. La meta era clara: aniquilación total.

Del cielo rozaba sobre todo ese mar de acero y sangre reptiles voladores que escupían fuego… ¡Dragones! La condena estaba trazada, no quedaba nada por qué pelear.

Sin embargo, cuando ya me disponía a entregar mi última plegaria a los cielos para que me llevaran con mis ancestros un fuerte estallido me regresó al campo de batalla: fuego amigo respondía desde lo que consideraba perdido. Las defensas se habían activado y con ello nuestra última oportunidad de salir con vida.

Una flama azul y dorada se elevaba desde algún punto a cientos de metros de mi posición. De allí vi como un espacio ocupado instantes antes por detestables seres quedaba completamente despejado, libre de esa inmundicia que deseaba ver nuestras cabezas caer.

Rápidamente, desenvainé mi espada y con un grito de guerra salí de mi escondite, lleno de euforia y ciega ira, a descargar de manera imperdonable sobre este ejército enemigo.

Ciertamente, los que estaban más cerca no me esperaban, pues sólo un rostro de sorpresa fue lo último que pudo el ser más cercano expresar antes de caer víctima de mi arma cargada de justicia. Uno a uno, fui batiendo a los que tenía cerca. El filo del arma silbaba por la velocidad de cada estocada, hiriendo un rostro, una pierna, un torso… Poco a poco se sembró el caos, ya que de alguna manera no era el único que había saltado al campo. Reconocí de forma fugaz los colores de los trajes de nuestro ejército, pues alguno de nosotros de cierta forma también habían acudido en defensa de lo que creíamos.

Unos golpes me hicieron temblar sobre mis propios pies. Sentía que algo se aproximaba desde un costado, podía ir las pisadas aplastar cuerpos caídos. Un frío aterrador se apoderó de mí, pues este nuevo enemigo debía tener la altura de diez hombres y la fuerza de cien. Desde el más allá escuché el llamado de la eterna muerte, llamando por mi nombre, una y otra vez.

Mis brazos se entumecieron, de pronto no me pude mover. Una oscuridad se apoderó de mí, limitando mi visión y oportunidad de escapar. Sin embargo, mi nombre no dejaba de ser repetido por el ser que seguro me arrastraría al más allá…

- Oiga, despierte ya -me dijo- es hora de su medicina.

Lentamente me incorporé. Nuevamente la amarga pastilla, el sorbo de agua y las blancas paredes acolchadas que atormentaban mi encierro.

Mis enemigos me tenían cautivo, eso era seguro. Tenía que escapar de ese infierno de gentes de blancas vestiduras.