Apenas logré sobrevivir al último ataque. Nuestros
enemigos nos rodeaban, pues alguien desde adentro había filtrado nuestras
posiciones, defensas y personal de guardia. Poco fue lo que logramos hacer para
defendernos. Vi caer uno a uno a mis compañeros y amigos, por suerte logre
escabullirme a través de una pequeña rendija en la pared abierta tras la última
explosión.
Un estallido tras otro, veía volar trozos de pared y
de personas por los aires, aquello fue una masacre. De nada sirvió las horas de
planificación defensiva, ya que nos tomaron por sorpresa.
Como si fuera una rata, debí arrastrarme cientos de
metros por tuberías y desagües hasta que al fin logré salir de la fortaleza. Mi
primera vista del campo de batalla me aterró sobremanera: decenas de miles de
tropas se abalanzaban sobre lo que horas antes había sido una posición
impenetrable. ¡Ni los dioses habrían podido con nosotros! Sin embargo allí
quedaba reducido por bestias infernales feroces, como una ola en una tempestad
chocando contra el puerto, una tras otra, una tras otra, hasta que no quedara
absolutamente nada.
Vi bestias enormes, seres deformes y máquinas
demoledoras avanzar sin ninguna prisa, pero con paso decidido. La meta era
clara: aniquilación total.
Del cielo rozaba sobre todo ese mar de acero y sangre
reptiles voladores que escupían fuego… ¡Dragones! La condena estaba trazada, no
quedaba nada por qué pelear.
Sin embargo, cuando ya me disponía a entregar mi última
plegaria a los cielos para que me llevaran con mis ancestros un fuerte
estallido me regresó al campo de batalla: fuego amigo respondía desde lo que
consideraba perdido. Las defensas se habían activado y con ello nuestra última
oportunidad de salir con vida.
Una flama azul y dorada se elevaba desde algún punto
a cientos de metros de mi posición. De allí vi como un espacio ocupado
instantes antes por detestables seres quedaba completamente despejado, libre de
esa inmundicia que deseaba ver nuestras cabezas caer.
Rápidamente, desenvainé mi espada y con un grito de
guerra salí de mi escondite, lleno de euforia y ciega ira, a descargar de
manera imperdonable sobre este ejército enemigo.
Ciertamente, los que estaban más cerca no me
esperaban, pues sólo un rostro de sorpresa fue lo último que pudo el ser más
cercano expresar antes de caer víctima de mi arma cargada de justicia. Uno a
uno, fui batiendo a los que tenía cerca. El filo del arma silbaba por la
velocidad de cada estocada, hiriendo un rostro, una pierna, un torso… Poco a
poco se sembró el caos, ya que de alguna manera no era el único que había
saltado al campo. Reconocí de forma fugaz los colores de los trajes de nuestro
ejército, pues alguno de nosotros de cierta forma también habían acudido en
defensa de lo que creíamos.
Unos golpes me hicieron temblar sobre mis propios
pies. Sentía que algo se aproximaba desde un costado, podía ir las pisadas
aplastar cuerpos caídos. Un frío aterrador se apoderó de mí, pues este nuevo
enemigo debía tener la altura de diez hombres y la fuerza de cien. Desde el más
allá escuché el llamado de la eterna muerte, llamando por mi nombre, una y otra
vez.
Mis brazos se entumecieron, de pronto no me pude
mover. Una oscuridad se apoderó de mí, limitando mi visión y oportunidad de
escapar. Sin embargo, mi nombre no dejaba de ser repetido por el ser que seguro
me arrastraría al más allá…
- Oiga, despierte ya -me dijo- es hora de su
medicina.
Lentamente me incorporé. Nuevamente la amarga
pastilla, el sorbo de agua y las blancas paredes acolchadas que atormentaban mi
encierro.
Mis enemigos me tenían cautivo, eso era seguro. Tenía
que escapar de ese infierno de gentes de blancas vestiduras.
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