“Sólo espero no haber dejado la luz de la sala principal encendida”
fue el primer pensamiento que llegó a su mente en ese preciso instante. Con
cierta gracia y sorpresa, regresó a su propio pensamiento como si rebobinara
una cinta. “¿Por qué habré pensado eso?” Se dijo a sí mismo. Era gracioso,
consideró, tener ese tipo de preocupaciones en un momento así.
Sin embargo, eso le llevó a reflexionar. Ciertamente, había tenido
muchas cosas en su cabeza. Muchas preocupaciones, a decir verdad. Desde hace
meses, todo eran preocupaciones: Trabajo, dinero, familia, relaciones,
situaciones… había llegado un momento en que cualquier banalidad hacía
peligrosamente rebosar sus propios límites. Ya la situación se estaba haciendo
insostenible.
Por un lado, estaba su trabajo. Demasiada presión sobre sus hombros al
tener que sostener y tratar de equilibrar un negocio que se venía en picada. Ya
las importaciones no eran tan satisfactorias como antes. Mucho papeleo, mucho
dinero y poca rentabilidad. Por otro lado, el mercado cambiante lo obligaba a
tentar otras formas de negocio donde no se sentía a gusto.
Su hogar no marchaba nada bien. Problemas día y noche ya empezaba a
agobiar. La tranquilidad la había perdido y conseguía consuelo cada noche al
llegar.
“Cuando se pierde la espiritualidad, se pierdes las ganas de vivir”,
llegó a concluir. Sin alguna motivación superior es imposible llevar los
conflictos del día a día.
En ese instante, recordó su infancia. Sus primeros años, al menos los
que llegaba a recordar no podrían catalogarse como malos. Es irónico, pero sólo
llegaba a su memoria los momentos felices. Juegos en parques, cumpleaños,
paseos con sus padres… Realmente en sus primeros años no tendría por qué
quejarse.
Revolviendo más en su cajón de recuerdos, llegó a la adolescencia. La
salida con amigos, su primer beso… ¡incluso la primera borrachera! Aunque fuese
vergonzoso en su momento, años después lo veía con gracia.
Luego, el matrimonio, años más tarde los hijos: verlos nacer, crecer,
jugar…. En esos momentos una terrible sensación de abatimiento le inundó. Los
extrañaba. Se dio cuenta que los amaba y era lo mejor que le había pasado en la
vida.
Sin embargo, recibía al viento en su rostro de forma intensa. Era agradable
esa sensación. Sin embargo, cuando momentos antes lo veía como la última
oportunidad de libertad, justo en ese instante no lo sentía como tal. Más que
libertad lo único que le envolvía era el miedo. Un miedo profundo. Más que
miedo, su mente, corazón y espíritu se llenó de un profundo terror. No tanto
porque no sabía que venía a continuación, sino más bien el darse cuenta que se
había equivocado. No era la salida…
Pero era demasiado tarde. Ya estaba a pocos metros del duro suelo. Nunca
debió haber saltado de aquel puente.