jueves, 18 de junio de 2015

Retrasada



Llegaba nuevamente tarde. Había olvidado por completo recoger los brotes que le pidieron llevar. Se entretuvo contemplando el volar de unas tiernas aves que recién estrenaban sus alas para surcar cielos y recorrer estrellas. Siempre la habían acusado de distraída, pero estaba dispuesta a centrarse de una vez para hacer las cosas bien.
De camino pasó por el río. Siempre pasaba por el río en ese sendero. Esta vez estaba algo crecido, pues las lluvias de la tarde habían levantado algo las aguas y esta vez el forcejeo de la corriente contra las rocas desprendía una sonata salvaje que hizo inevitablemente desviar la atención de sus pasos.
Sabía que no podía quedarse mucho tiempo, pero una pequeña pausa no estropearía su ya de por si maltratado itinerario. - ¿Hola niñas? Alcanzó a decir a sus viejas amigas de juego. – Ya veo que están alegres hoy, ¿no es así?
Embriagadoras sonrisas les respondían a poca distancia. ¡Siempre tan juguetonas! No podían evitar juntarse cerca de ella cada vez que pasaba, ya sea con el pan del encargo, la leche tibia en sus tinajas o deslizándose furtivamente para tener esos encuentros secretos entre los arbustos de más adelante. Lo que más les gustaban eran sus rizos y esos hoyuelos en sus mejillas cuando sonreía, por lo que cada vez que podían hacían tonterías con tal de desatar ese mar de alegrías que brotaban de su risa inocente.
Unas le lanzaban pétalos de flores del árbol más cercano cuyas ramas más cercas estaban del río. Otras empezaron coquetamente a chispear agua en su rostro, invitándola a participar. - ¡No! (añadió al fin, luego de una larga pausa) Esta vez tengo que llegar ya que me esperan más adelante. Pero de regreso me quedaré un rato con ustedes ¿les parece?
Con sonrisas algo tristes la despidieron, pues nunca le gustaron que ella fuera a esos encuentros. ¿Qué de malo tenía quedarse junto a ellas y jugar entre las rocas, disfrutar del viento frío y ver nadar a los peces del río? Sin embargo, sabían que lo hacían por su bien. Tenía que crecer, aprender de todo y de todos para que más adelante poderles servir de mejor compañía y protección, porque a pesar de tantos años ¿Qué sabían de la maldad del corazón humano?
Con pasos rápidos y respiración entrecortada, al fin llegaba al punto de encuentro. Ya sus demás hermanas estaban prestas y listas para iniciar. -¿Lo has traído? (dijo la mayor) Que bien. Empecemos que ya es la hora. De la bolsa sacaron aquellas plantas cuyos nombres aún no lograba memorizar, un cuchillo nuevo y una blanca tórtola. – Bien, empecemos entonces. Todas dentro del círculo, ahora.

miércoles, 17 de junio de 2015

El Paso del Tiempo



Había vivido allí durante mucho tiempo. Había perdido la noción de cuántos inviernos había soportado, cuántas lunas habían brillado o cuantos ocasos había presenciado. Vio pasar su juventud, marchitar su madurez y sentir los estragos de los años sobre su piel, sus músculos y sus huesos. Sin embargo, allí había permanecido.
Cada día despertaba a la misma hora a recorrer sus jardines, a cuidar de los animales o hacer sonar las tablas de la pequeña sala donde compañeros ya idos compartían interminables tertulias sobre los libros, las poesías, los conciertos, la política o cualquier otro tema que el calor o el licor propusiera para hacer correr las agujas en los relojes.
Sin embargo, los nuevos tiempos hacían cambiar las cosas, los ambientes y las personas. Ya no había jardines qué cuidar porque ahora todo era acero y concreto. Los animales de trabajo o compañía eran estorbos en la vida moderna. De las tertulias ni hablar, pues las personas ahora no hablaban entre sí sino sólo para lo necesario a través de medios fríos y antinaturales.
De un momento a otro la gente que conocía fue desapareciendo: unos por viajes, otros por rencillas, otros eran llevados por la vida… La soledad se fue haciendo cargo de llenar sus espacios vacíos, de complementar las tardes calurosas y de acompañar las noches solitarias en lo que antes fue un lugar lleno de movimiento y vida.
No supo cuándo la gente empezó a ignorarle, a dejar de notar su presencia. Simplemente le parecía que era sólo una sombra de una vida que nadie quiere recordar. De nada valía que pasara entre conversaciones, pisara fuerte sobre aquella tabla floja en la escalera para hacer escuchar sus pasos o dejar caer por accidente aquel vaso olvidado al borde de la mesa. Sólo sentía que la vida ya no era la misma que tanto añoraba.
Su sorpresa fue grande cuando invitaron a varios personajes a su casa. Algunos de aspecto extraño, otros más reservados. Incluso, uno que otro de apariencias tan cultas que juraba se sentaría de nuevo a iniciar tertulias sobre el paso de las arenas por el reloj del tiempo. Su presencia se había vuelto tan irritante, inoportuna o molesta que le pedían retirarse, unos de forma amable, otros de forma imponente hasta algún joven de modo reverente.
¿Qué debía hacer? Desde hace tanto tiempo deseaba retirarse a causa de lo insípido que resultaba todo que llegó incluso a pensar ¿será momento de continuar adelante o debía permanecer en lo que conoció como hogar, aunque ya su corazón no latiera ni corriera vida por sus venas?