Había vivido allí durante mucho tiempo. Había perdido la noción de
cuántos inviernos había soportado, cuántas lunas habían brillado o cuantos
ocasos había presenciado. Vio pasar su juventud, marchitar su madurez y sentir
los estragos de los años sobre su piel, sus músculos y sus huesos. Sin embargo,
allí había permanecido.
Cada día despertaba a la misma hora a recorrer sus jardines, a cuidar de
los animales o hacer sonar las tablas de la pequeña sala donde compañeros ya
idos compartían interminables tertulias sobre los libros, las poesías, los
conciertos, la política o cualquier otro tema que el calor o el licor
propusiera para hacer correr las agujas en los relojes.
Sin embargo, los nuevos tiempos hacían cambiar las cosas, los ambientes y
las personas. Ya no había jardines qué cuidar porque ahora todo era acero y concreto.
Los animales de trabajo o compañía eran estorbos en la vida moderna. De las
tertulias ni hablar, pues las personas ahora no hablaban entre sí sino sólo
para lo necesario a través de medios fríos y antinaturales.
De un momento a otro la gente que conocía fue desapareciendo: unos por
viajes, otros por rencillas, otros eran llevados por la vida… La soledad se fue
haciendo cargo de llenar sus espacios vacíos, de complementar las tardes calurosas
y de acompañar las noches solitarias en lo que antes fue un lugar lleno de
movimiento y vida.
No supo cuándo la gente empezó a ignorarle, a dejar de notar su
presencia. Simplemente le parecía que era sólo una sombra de una vida que nadie
quiere recordar. De nada valía que pasara entre conversaciones, pisara fuerte
sobre aquella tabla floja en la escalera para hacer escuchar sus pasos o dejar
caer por accidente aquel vaso olvidado al borde de la mesa. Sólo sentía que la
vida ya no era la misma que tanto añoraba.
Su sorpresa fue grande cuando invitaron a varios personajes a su casa.
Algunos de aspecto extraño, otros más reservados. Incluso, uno que otro de
apariencias tan cultas que juraba se sentaría de nuevo a iniciar tertulias
sobre el paso de las arenas por el reloj del tiempo. Su presencia se había
vuelto tan irritante, inoportuna o molesta que le pedían retirarse, unos de
forma amable, otros de forma imponente hasta algún joven de modo reverente.
¿Qué debía hacer? Desde hace tanto tiempo deseaba retirarse a causa de lo
insípido que resultaba todo que llegó incluso a pensar ¿será momento de
continuar adelante o debía permanecer en lo que conoció como hogar, aunque ya
su corazón no latiera ni corriera vida por sus venas?
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